lunes, 21 de marzo de 2011

Cochitos locos

Ahora que los juicios de valor e intención de la opinión pública ha decidido contaminarlo todo a consecuencia de los problemas energéticos asociados a la subida del petróleo crudo y , lo que resulta más lamentable, el acoso y derribo al que se ve sometida la energía nuclear debido al terremoto y posterior tsunami que asoló la costa de Japón, ahora, cuando el esperpento asoma por cualquier esquina de nuestras vidas, uno entiende que procede hablar de los cochitos locos de las ferias ya que en los mismos la energía que reclama mover al propio cochito y a los que se montan en él se obtiene mediante la transformación de la energía eléctrica en mecánica con el concurso de un pequeño motor eléctrico. Nadie debería decir, porque sería una mentira descarada, que en la pista y los alrededores de esta atracción de la feria se percibe la presencia de gases contaminantes porque no existen. Pero como en los cochitos locos se produce una transformación energética -la energía eléctrica se convierte en energía mecánica- alguien interesado en mejorar el panorama cultural de los canarios está obligado a explicar, al socaire un principio inviolable de las ciencias físicas, dónde, cuándo y cuánto, se produce la contaminación de la energía eléctrica consumida por una atracción de feria muy bien iluminada y con unos cochecitos siempre a punto para perseguirse y armar jaleo. Mas, por aquello de que el Gobierno de todos los canarios no muestra una preocupación excesiva a la hora de impartir conocimientos a sus ciudadanos, uno cede a la natural sensación de adelantarse para afirmar que los cochitos que se mueven gracias a un motor eléctrico contaminan allí mismo donde se genera la electricidad. Y lo mismo ocurre con el tranvía y con todos los sistemas que funcionan merced a la tracción eléctrica. Y aquí no hay atutía.
Como éramos pocos parió la abuela. Y parió la abuela en una isla, El Hierro, que por aquello del ciento por ciento de energías renovables -yo no me creo lo que se dice al respecto- piensa en un futuro cuasi inmediato sustituir todo su parque móvil -en la actualidad movido por motores de explosión y de combustión interna- por vehículos eléctricos. Y lo que se pretende en esta isla de Canarias también se plantea en esta España de pan, toros -o fútbol- y corrupción. Pues bien, los coches eléctricos que se proyectan funcionan mediante la transformación en energía mecánica de la energía acumulada en un sinfín de baterías que ocuparán los bajos del vehículo. La energía, esto es sabido, ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Dicho esto la pregunta que surge es ésta: “¿De dónde sale la energía necesaria para cargar las baterías cada vez que estas se agoten después de un largo recorrido?”. Pues bien, estoy en la obligación de decir que las baterías, antes como ahora, se cargan acoplándolas a un sistema de carga que se alimenta con la energía eléctrica que le proporciona la red. En resumen, que el coche eléctrico no consumirá allí donde esté circulando pero si consumirá -en la parte proporcional que le corresponde- y emitirá sus gases contaminantes en las chimeneas de las centrales. Desde la puerilidad de ciertos pensamientos algunos podrían decir que si las baterías fuesen cargadas con energía eólica no habría contaminación posible. Y yo diría que resultaría divertido intentar mover todos los vehículos de una ciudad importante apoyados, únicamente, en la energía aportada por los aerogeneradores. No sé lo que les pasará a ustedes pero lo que es a mí no deja de hacerme sonreír esa vieja estampa en la que se ve a un número importante de lugareños abrigados con una manta esperancera aguardando, pacientemente, al viento bendito que tendría que mover a las aspas de los antiguos molinos de grano para obtener gofio. En fin, como diría un pescador de Los Llanos : “ Ay, Señor,toda la noche pescando pa’ coger cuatro caballas muertas y encimba quiere que se las dé rigaladas .

miércoles, 9 de marzo de 2011

Leer, escribir...

Cuando Toñi, el hijo del teniente Eugenio, nos espetó, sin ninguna clase de miramientos, que había suspendió en el ingreso a la academia militar debido a que no sabía leer ni escribir, el mundo, tan ancho y tan ajeno, se nos vino encima. Y es que Antonio Pérez Luis había ya obtenido el título de Bachiller y nosotros, con menos años que él, ya presumíamos -sin tener motivos para ello- de saber leer de corrido y escribir con soltura porque habíamos superado el examen de ingreso en el instituto. Sin embargo Toñi, que ya podía hablar con conocimiento de causa después de su amarga experiencia, nos demostró que leer correctamente exigía un gran esfuerzo de concentración para poder darle sentido al texto aplicando una acertada entonación y estableciendo unas pautas siempre de acuerdo con los signos de puntuación. Y fue así que, entre confundidos y asustados, cogimos un texto al azar, leímos un pedazo del mismo, y caímos en la cuenta de que lo dicho por aquel vecino y amigo de la infancia era cierto; no sabíamos leer correctamente. Y mucho más fácil fue comprobar que no sabíamos escribir porque para escribir correctamente se necesitaba una formación exquisita y casi siempre alejada de una enseñanza elemental poco exigente a la hora de evaluar nuestros conocimientos. ¿Y qué es lo que había pasado para que Toñi y todos nosotros hubiésemos sido considerados aptos para cursar el Bachillerato? Pues lo que pasó, pienso, es que las varas de medir utilizadas, en el Instituto y en la Academia Militar, no fueron las mismas. Así de simple, así de verdadero.
El día aquel en el que Alfredo Bryce Echenique nos dio un plantón a la hora de firmar sus libros en nuestra plaza de España, una joven, una leedora impenitente, estaba aferrada a un ejemplar de La Vida Exagerada de Martín Romaña. Inicié una conversación con ella y le comenté que yo procuraba esquivar los libros muy gruesos porque había llegado a la conclusión de que la acción de leer reclama un esfuerzo considerable, agotador. Y fue en ese momento que la chica me contestó que le gustaba mucho leer y que si compraba libros gordos era porque le duraban mucho más a la hora de ser leídos. “Me gusta leer, pero como no dispongo de mucho dinero tengo que apoyarme en los trucos para poder satisfacer mi afición por la lectura”. Bien, pues a pesar de haber vivido aquella experiencia tan enriquecedora yo he seguido en mi erre que erre al seguir manteniendo la tesis de que leer, siempre que lo leído tenga un mínimo de enjundia, supone realizar un esfuerzo y que ahí puede pivotar una de las causas para que se lea tan poco. Se aprende a leer leyendo y sólo los que leen están en disposición de contar por qué lo hacen. Y los que leen en voz baja, aferrados a un supremo recogimiento, harían muy bien en atreverse a leer en voz alta y ante el público para así poder superar un temor que se nos antoja ancestral, al menos en Canarias, y superar con creces el ingreso en una academia militar.
Escribir es otra cosa. Escribir nos obliga a respetar, sin permitirnos ningún tipo de licencia, las normas establecidas por la Real Academia. Escribir supone aislarse temporalmente del mundo real para centrarse, exclusivamente, en rellenar con un mensaje pleno de sentido un folio de papel de color blanco inmaculado. Tal es el grado de reflexión, de auténtico ensimismamiento, que si la totalidad de las horas del día fueran dedicadas a escribir acabaríamos aburriendo y aburriéndonos a nosotros mismos. Después de dedicar gran parte de mi vida a la acción de escribir, no tan bien como quisiera, todavía no he alcanzado a saber por qué y para quién escribo. Lo que sí sé, al contrario que otros, es que escribo para ser leído y no para ir acumulando lo escrito en lo más hondo de una gaveta. Digamos, al fin, que la sensación última es que uno escribe para introducir el mensaje en una botella que puede ir a parar allá a las orillas, a cualesquiera orilla, donde blanquea la salobre espuma.  Nuestra trayectoria vital exige que leamos y escribamos para poder mantener vigente aquello que un día aprendimos no sin esfuerzo. Leer, escribir… dos nobles acciones con cuyo dominio podríamos conseguir ser admitidos en la más exigente Academia Militar. Toñi, el hijo del teniente Eugenio, confesó no saber leer ni escribir a pesar de contar en su haber con el título de Bachiller, así es que, cuando veas las barbas de tu vecino arder...

domingo, 6 de marzo de 2011

Tanto va el cántaro a la fuente...

 
Me veo en la obligación de confesar, por si acaso hay una medalla que colgarse -tengo una medalla concedida y anda perdida en la casa-, que he llegado hasta el hartazgo a la hora de escribir sobre la problemática energética que envuelve a las Islas Canarias sin que nadie, que yo sepa, haya aprovechado la teoría y la praxis de unos planteamientos que siempre se han apoyado en el rigor que establece la electricidad, como ciencia, y en ciertas dosis de sentido común. Durante cerca de 45 años anduve dedicado a la docencia en un centro que fuera -ya no lo es- el mejor de Canarias en materias de Formación Profesional y nunca dejé de volar mucho más alto que el nido del Cuco para estar a la altura de unas circunstancias que barajaban, sobre todas las cosas, el sacrosanto compromiso de enseñar a los incontables alumnos que un azar venturoso puso en mis manos. En mi día a día en las aulas y talleres rara vez deje de ceder a la tentación de exponer y comentar a mis alumnos la actualidad de nuestra realidad energética apoyándome en los numerosos datos que obtenía desde los relatos oficiales y, más aún, de los que me eran facilitados por mis compañeros de pupitre que, a la sazón, trabajaban en nuestras centrales de energía y en empresas del ramo. Toda mi actuación se ha correspondido con una actitud vocacional cuasi innata y con un deseo de superación que siempre ha tendido a saber la suficiente para que fueran pocos los que intentaran mirarme por encima de sus hombros. Puede que a través del conocimiento haya logrado forjar mi carácter y no descarto que sea el conocimiento mismo el que me ha convertido en un rebelde con causa.
No sé si debería pedir perdón por una introducción tan poco humilde pero lo que sí sé es que ha llegado la hora de llamar pan al pan y al vino vino en aras de evitar la confusión de una  opinión pública que muy bien se ha ganado la atención y el respeto de sus políticos. Porque  ha sido la política, errática, amañada, mentirosa y poco o nada cabal  la que nunca tuvo los arrestos suficientes para considerar al gas como un importante recurso energético que necesitaba, y sigue necesitando, una planta de regasificación para convertir en manejable al gas que nos viene licuado. Se ha despreciado al gas y, con él, la posibilidad de una generación más rentable y con menos emisiones contaminantes. Nunca se ha mirado al carbón -claro que el carbón es negro- y a los esfuerzos que se están realizando, desde la química y la tecnología, para poder atrapar el CO2 excesivo. Todos los esfuerzos se han centrado en venderle al pueblo canario la posibilidad, totalmente falsa a medio plazo, de resolver la demanda energética apoyándose en los aerogeneradores y las placas fotovoltaicas. No paran a la hora de publicitar a la isla de El Hierro sin comunicar, de manera honesta y abierta, que allí, en tan pequeño territorio, con 10 MW -megavatios- de potencia instalada pueden satisfacer sus necesidades. ¿Y si tan bondadoso es el plan para la isla de los herreños cómo explicar que se siga contando con una central convencional para garantizar la producción?
Dependemos, incluso en las energías verdes, del exterior ya que nuestro raquítico desarrollo industrial no permite que construyamos molinos ni células de silicio para fabricar las placas fotovoltaicas. Ciertamente hemos alcanzado a instalar aerogeneradores y huertos solares porque en época de vacas gordas las subvenciones animaron a las inversiones. Pero debemos decir, porque es verdad como un templo, que las energías eólicas y fotovoltaicas traen de cabeza a una empresa, Red Eléctrica de España -empresa que llegó de la mano de los falsos nacionalistas-, que se las ve y se las desea para mantener en sus justos valores a la frecuencia del suministro. Los 50 Hz -hertzios- exigidos son atacados, continuamente, por unas energías alternativas que dependen del viento que sopla y de que una nube y otra tapen al Sol. Si el suministro dependiera, exclusivamente, de estas formas de generación les garantizo que nuestros equipos eléctricos no pararían de averiarse.  Y para decir esto que digo no hace falta ir a Alemania para estudiar en una universidad ya que todo se basa, esencialmente, en una interpretación acertada de la primera ley de Kirchhoff.  ¿Quieren que se la explique? ¿O esperamos a que sea Rodríguez Zapatero el que decida sobre nuestra política energética? Sí, Zapatero, el mismo que dijo no y luego sí a la prolongación de la vida de nuestras centrales nucleares. Y sabemos que las mentiras tienen las partas muy cortas y que basta una crisis económica para ver reducido el marco en el que se desenvuelven los engaños clamorosos. Ahora hasta los ecologistas más verdes tienen que rendirse a la evidencia que supone la necesidad del gas y el Gobierno de Canarias, ¡ay!, el Gobierno de Canarias, está obligado a dejar de hacer equilibrios en el trapecio porque eso es cosa de Pinito del Oro.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Asesino de pájaros

En la serena y luminosa mañana el ánimo estaba dispuesto para descansar a la sombra de la arboleda y esperar, pacientemente, a que los indefensos gorriones decidieran posarse en las ramas de la pimentera. La escopeta de balines, en la que ya había sido colocado el diábolo, estuvo presta para orientar su punto de mira hacia lo alto, hacia la rama elegida por el pequeño animal, para ser centrado en la casi ausente masa de una bola de plumas que no paraba de moverse. A partir de ahí todo fue sencillo; muy sencillo: el gatillo sufrió la presión del dedo índice y el balín, apresurado, veloz, tiñó de sangre al plumaje. Cayó al suelo el pájaro y la misma mano que lo había matado supo de los últimos temblores y del calor que daba la vida. ¿Qué he hecho Dios mío, qué he hecho?, musitaba, entre aterrado y compungido, aquel que se había atrevido a cazar pájaros con un método más sofisticado que el de la tiradera. En el regreso al hogar, lleno de los remordimientos que generaron un orden moral debidamente aprendido, se prometió, una y otra vez, que la escopeta de aire comprimido no la volvería a utilizar más allá de una caseta de ferias. Y cumplió su promesa.
El aprendiz de cazador creció y vio como los pantalones cortos pasaron a ser largos. Creció tanto que dio la talla para pasar a formar parte de uno de los reemplazos establecidos por ley para cumplir con el servicio a la patria, a la patria grande, claro, porque la patria chica ya estaba bien defendida por el compromiso innato, congénito quizás, de los que sienten apego por la tierra que les ve nacer, vivir y, presumiblemente, morir. Ya en el cuartel, que era de verano, lo instruyeron muy levemente sobre el manejo de las armas. En los comienzos fue el mosquetón -Mauser calibre 7,92- con el que se tiraba sobre un blanco que quedaba recortado sobre el azul marino que llegaba hasta Los Moriscos. Aquella mortífera herramienta no estaba pensada para abatir a los pájaros sino a los seres humanos que habían pasado a ser nuestros enemigos por obra y gracia de los partes de guerra. “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; y quien mate, comparecerá ante el tribunal. Pero yo os digo: Todo aquel que se enoje contra su hermano, comparecerá ante el tribunal…”.Y qué hacer, ante la duplicidad de mensajes, ante una situación que nos podría conducir a decidir, motu proprio, sobre la vida o la muerte de un semejante. Si temblé, pensaba aquel que mató a un gorrión, al sentir los estertores del pájaro herido que me ocurrirá al observar como se le va la vida a aquel que le disparé con el Mauser. Matar o no matar, esa era y es la cuestión.
En otro día, ajusticiado por el rigor de la canícula, el cauce del barranco de Santos pudo verle, tiradera en ristre, matando y formando un haz con lagartos. El asunto era llegar al barrio y presumir enseñando los lagartos cazados después de una jornada de llena de tiempo libre. Y aunque nunca se paró a buscar la razón lo cierto era que el asesinato de lagartos no le producía, a pesar de que se trataba de seres vivos, ningún tipo de remordimientos. ¿Es que los lagartos sí merecían la muerte y los pájaros no? Vaya usted a saber, o, mejor, que se lo pregunten a los teólogos. A esos hombres que tratan de buscarle justificación a todo apoyándose en la fe como teologal virtud. A las mismas personas que se han dedicado a inocular su particular veneno ideológico hasta lograr que todo nos resulte dudoso a la hora de interpretar la realidad y la ficción que genera la fundamental creencia. Pasó el tiempo, la hojarasca cubrió todo el suelo con las hojas caducas, y las circunstancias vividas le vinieron a enseñar que se puede pasar de ser un asesino de pájaros a un auténtico asesino. Aunque los muertos sean, por mor de la legítima defensa, muertos legales. Muertes legales allá en Afganistán, Irak, África, América y Oceanía. Todo es posible de producirse después de haber perdido la inocencia. Y qué pena, penita, pena.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Primeras enseñanzas

Que hermosos tiempos aquellos en los que con la pizarra y el pizarrín marchaba a la escuela. Y, más meritorio aún, que tiempo aquel en el que tuvimos que cargar con un banquito de madera que no podía ofrecernos la escuela de Mima. Presumiblemente aquella mi primera maestra realizaba su labor por pura vocación y por la frustración que le produjo no poder titularse en la escuela de Magisterio. Fuera como fuese lo único cierto es que siguiendo las instrucciones de Mima el pizarrín se arrastró sobre la pizarra escribiendo las primeras letras, los primeros números, los primeros y sencillos dibujos… Efímera tarea la que no dejaba rastro alguno después de que un trapito humedecido lo borrara todo para poder volver a empezar. La escritura, la sucesión de letras unidas y/o separadas según las normas dictadas por un código que no permitía ningún tipo de licencias. Y las cuentas, ¡oh!, las cuentas, las sumas y las restas siguiendo las instrucciones mentales que ya superaban a un conteo con los dedos o con los palotes. El cálculo mental -siempre necesario- llevado a una pizarra enmarcada en madera. Primeras enseñanzas en las que dos más dos siempre sumaban cuatro porque así lo dictaba una Aritmética que era respetada por todos.
Grandioso el día en el que con un material escolar muy económico (cuadernos de dos rayas y de cuadritos, lápices de color madera, planas de caligrafía, goma de Milán, palillero y plumines, papel secante y un solo libro -la enciclopedia de Dalmau Carles-, nos trasladamos a la escuela de don Alberto Chaves, en la calle Salamanca, para prepararnos y superar el ingreso en el Bachillerato. Dictados a diestro y siniestro y un pizarrón lleno de sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas…a resolver en el menor tiempo posible. Caligrafía en la que tuvo cabida la letra gótica y la redondilla y borrones y cuentas nuevas ante el importuno desliz. En el examen de ingreso nos examinábamos nosotros y se examinaba don Alberto ya que, caso de que suspendiéramos muchos de nosotros, el crédito de la academia se vería resentido. Así pues, no hacían falta inspectores ni trámites burocráticos para resolver una situación que podía complicarles la vida a padres, alumnos y profesores. En el compromiso con la educación, en el todos a una como en Fuenteovejuna, la sociedad en su conjunto se alineaba con el sagrado compromiso de enseñar a los que no sabían con el claro objetivo de convertir a los alumnos en hombres hechos y derechos. Tiempos ya en los que se afirmaba que la letra con la sangre entraba y en los que el padre dos hermanos, amigos míos, le dijo a don Antonio Carrasco: “Leña no me les ahorre”.
Ya en el Instituto de Enseñanzas Medias todo quedaba reflejado en un libro escolar -que todavía conservamos- en el que se reflejaban las calificaciones de todo el Bachillerato. La burocracia se dejaba para una secretaría que cuidaba del rigor de los expedientes académicos y de las otras muchas cuestiones que hoy día, desde un rechazo general, recaen sobre el trabajo de los profesores. Metodología la justa y necesaria. Programaciones las que establecía el Estado. Autonomía la que mandaban las leyes. Los profesores estaban para impartir la asignatura, los alumnos para interesarse y aplicarse en los conocimientos que les eran enseñados y los padres, también las madres, para educar desde los hogares de las buenas costumbres. Los resultados finales, a vuela pluma y sin la presencia de los informes PISA, no fueron malos. Los niños, adolescentes y jóvenes alcanzaron el grado de instrucción preciso para poder incorporarse a un mercado laboral complejo y cambiante. Seguramente, ciertamente, la principal queja es la que tuvo que ver con una desigualdad en las oportunidades que siempre favorecía a las clases pudientes. Aunque, verdad es, sólo puede mirar por encima del hombro el que puede y no el que quiere. Y más aún: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta”.
Las primeras enseñanzas, de importancia capital para la vida de las personas, reclaman una atención preferente y un compromiso colectivo que va mucho más allá de los intereses partidistas y partidarios. El adoctrinamiento, desde una enseñanza impartida cuando los sesos de un chiquitín aún están tiernos, supone un atentado contra la integridad de las personas que han asumido al Estado como garante y defensor de los principios que manan de una Constitución que comprende a todos y que a todos debe defender.  Y los políticos, todos los políticos, que no han propiciado un consenso a la hora de concebir y planificar una educación para todos merecen, cuando menos, una celda en la cárcel de papel.

lunes, 7 de febrero de 2011

Gigante

Supongo que cualquier ser humano de buena voluntad andará confuso -al igual que yo- al no poder entender, saber o averiguar, hasta dónde seríamos capaces de llegar las personas ante la dolorosa tesitura en la que nos coloca esa decisión suprema que consiste en atentar contra la tierra que nos sirve de apoyo y otorga el sustento a cambio de obtener los réditos espurios que devengan los atentados ecológicos. La cuestión de nuestro ser o no ser ante ese humano comportamiento tendría que valorar, en primerísimo lugar, si el fin justifica a los medios en decisiones fundamentales e, incluso, si el fin en sí mismo podría ser colocado por encima del bien y del mal.  Y la cuestión queda agravada en la medida que al alterar el orden establecido -confundir el fin con los medios y viceversa- ya entra en liza un código ético que ha sido forjado, a lo largo de los años, en la fragua de un ardiente Vulcano. Golpe a golpe, verso a verso.
Dicen que el fin perseguido a la hora de construir el nuevo puerto industrial en Granadilla estriba en alcanzar un crecimiento del nivel de desarrollo económico y social de la comarca sureña. Como se entenderá, dado el cariz que mantiene la crisis económica, la innegable creación de nuevos puestos de trabajo constituye un argumento lo suficientemente sólido para ser tenido en cuenta porque a todo bien nacido le asiste el derecho de ganarse el pan con el sudor de su frente. No obstante, por el contrario, como razonamiento que se opone al primero, los que no están de acuerdo con la construcción del puerto basan su argumento en lo que consideran es un atentado ecológico sobre los fondos marinos que se van a ver afectados. Según ellos, los que se apoyan en fundamentos no compartidos por toda la comunidad científica, antes que los puestos de trabajo están las praderas submarinas en las que nacen y crecen las sebas. Sin pasiones, dejando a la vera del camino a los intereses particulares, partidistas o partidarios, ¿cuál de las dos posiciones debería ser atendida? Y, de parecida manera, repetimos la pregunta: ¿En el supuesto de que en los fondos pertenecientes a Canarias existiera petróleo, debería o no ser extraído? ¿Qué peso argumental deberíamos colocar en cada plato para inclinar el fiel de la balanza hacia uno u otro lado?
Este tipo de decisiones no son nuevas aunque si se nos revela como nueva una conciencia ecológica más pujante y más extendida que antaño. Si nos paráramos a recordar terminaríamos por concluir en que los buenos de la película Gigante fueron los que quisieron mantener la existencia de una explotación ganadera que se identificaba plenamente con la tierra tejana. El malo fue aquel que encontró petróleo y no se detuvo a pensar más allá que en hacerse rico explotando los yacimientos. Ahora mismo, en la Francia de la libertad, igualdad y fraternidad, el Estado no para a la hora de buscar unos yacimientos de petróleo casi en el mismísimo subsuelo de París.  Ya los franceses tienen pozos en explotación y otros pendientes de la concesión de los permisos correspondientes. A este paso, y si algún ser superior no lo remedia, las viñas que dan los mejores vinos y las vacas que dan la mejor leche -y con la leche el queso- dejaran paso para que se proceda al más lucrativo negocio que mana del oro negro. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué Francia queremos? Una Francia pujante en lo económico y social o una Francia con un índice de paro superior al de España
Como se verá, incluso admitiendo que el análisis realizado es muy elemental, anida en nosotros, como seres que seguimos siendo únicos, la posibilidad de opinar, con pleno conocimiento de causa, sobre las decisiones más importantes que se toman en esta tierra que es más préstamo de nuestros hijos que herencia de nuestros padres. Cosa bien distinta es que nuestra opinión sea atendida incluso contando con una mayoría en las urnas que se opone a la destrucción del planeta. Y para muchos no resulta convincente lo de los males necesarios porque así se comienzan las guerras. En fin, que unos brindarán con petróleo y otros lo harán con champán. Como debe ser.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Plato único

Cuando uno se ve obligado a comer frugalmente, con esporádicas variaciones e, incluso, de manera infame, nuestra propia naturaleza va aceptando con singular alegría las evoluciones -a mejor- experimentadas como consecuencia del vivir más desahogado que nos fue deparando la superación de un nivel de vida que, poco a poco, fue sustituyendo al parco vivir que siempre signó los tiempos de la posguerra. Pero no ocurre lo mismo cuando se desanda el camino en sentido opuesto, es decir, cuando de una manera de comer abundante, variada e, incluso exquisita, nos vemos obligados a comer poco, mal y de pura limosna. Presumiblemente sea el estado de la gastronomía del lugar uno de los mejores indicadores para evaluar cómo le van las cosas a los ciudadanos que viven, nacen y mueren en un pueblo o ciudad concreta.
Cuando en las películas en blanco y negro nos ofrecen la estampa callejera en las que se ve la cola de transeúntes alrededor de una marmita en la que se ofrece, de manera gratuita, un plato de comida humeante y caliente, no podemos por menos que recordar aquellos tiempos de posguerra en los que, en los comedores de Auxilio Social, se trataba de no darle tregua a las ganas de comer -al hambre incluso- que anidaba en los estómagos de los que antes que humildes fueron pobres. Los que tuvimos la oportunidad de probar la pitanza ideada por la gente del régimen sabemos, bien que lo sabemos, que la buena comida nace de los buenos ingredientes y no, como se pretendió en aquel tiempo pasado, del mayor de los voluntarismos. Y como el dinero para los ingredientes salía de la venta de emblemas -¿recuerdan los emblemas en los cines?- y de las aportaciones ofrecidas por los que, estando en una posición desahogada, no olvidaron el sagrado compromiso de dar de comer al hambriento, lo normal era que lo que se ofrecía en los platos a veces fuera rechazado por una primera impresión que nos cerraba la boca del estómago. Y es que cuando el arroz blanco se servía en un plato a modo de poliada de harina los comensales preferían aventarlo a los cuatro vientos antes que ingerirlo no fuera que al hacerlo se les pegaran las tripas.
Fue un tiempo aquel en el que a los comedores de Auxilio Social se le sumó la Orden que obligaba a los restaurantes a servir un plato único dos veces al mes. El restaurante cobraba, por ley, lo mismo que si diera dos o más platos y los comensales aceptaban las condiciones establecidas porque el sobrante de dinero servía para ayudar a los comedores de Auxilio Social. Con el paso de los años y sin salirnos de la dictadura del general Franco los comedores de Auxilio Social fueron desapareciendo del mapa porque en casi todos los hogares ya había lo suficiente para hacer un caldero de potaje. Y fue así que, dejando atrás aquel tramo de nuestro calvario, se pasó al salir a comer fuera, a acudir a los restaurantes en los que se servían tres platos y postre, etcétera. En definitiva que pasamos de lo negro a lo blanco sin pasar por la tonalidad de los grises.
Antes de que llegara la crisis todos sabíamos que nos estábamos pasando de la raya en muchas y variadas cuestiones. En los restaurantes más caros, los que cobraban 60 ó 70 euros por cubierto, había que echar mano de una buena manga para que nos concedieran una mesa. De la costumbre de comer fuera los fines de semana se pasó a la de comer fuera todos los días. El morapio de la tierra (¿) fue sustituido por los más refutados vinos de la España continental y, ya en el colmo, a la sidra la arrinconó el champán. En más de una ocasión, observando el formidable derroche, escuchamos decir a los visitantes foráneos que aquí parecía que atábamos los perros con longaniza.
La sociedad canaria, que no había sido acariciada por un progreso social bien entendido, se topó, irremediablemente, con una crisis económica que se ha prolongado en el tiempo -y lo que te rondaré morena- y, como consecuencia de ello, los comedores que ahora se llaman sociales se han multiplicado como hongos. Y a la imperiosa necesidad de dar de comer a la familia, los que hasta el otro día comían muy bien, se han visto obligados a superar su vergüenza para compartir mesa con el desconocido que se sienta a su lado. Yo, que esto escribo, y usted, que lo lee, sabemos que puede llegar un día en el que ocupemos lugar en uno de estos comedores. En este caso, nadie está libre de pecado. Y es que cometimos un pecado el día aquel en el que se nos ocurrió votar por los que nos engañaron con un auténtico cambio que nunca llegó.